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martes, 27 de noviembre de 2012

Romper el miedo y tener dinero


Antonia Morillas
Portavoz del Grupo de la Diputación Provincial de IULV-CA y Concejal del Ayuntamiento de Málaga
A ocho años de la aprobación de la Ley integral contra la violencia de género, podemos decir que la violencia continua constituyendo un instrumento de control patriarcal sobre el cuerpo y la vida de las mujeres. La violencia de género aparece en nuestra cabeza como un recordatorio cotidiano, que nos sitúa en una posición de inferioridad y subalternidad en las complejas relaciones de poder que conforman el marco de relaciones económicas y sociales.
Las mujeres conocemos de primera mano la violencia, y aunque no todas hemos sufrido la violencia física, todas hemos experimentado en multitud de ocasiones la violencia estructural contra nosotras, en tanto que mujeres. BrownMiller decía que “todas somos víctimas de violación” en tanto la amenaza funciona como instrumento de coacción de impacto incalculable en el quehacer cotidiano de cualquier mujer. Algunas teóricas y activistas feministas como Ana de Miguel, hablan del proceso de “intimidación masculina”.El efecto multiplicador de saberse amenazada por el hecho de ser mujer y que contribuye sobremanera a la reproducción de la desigualdad entre hombres y mujeres en todas y cada una de las esferas de la vida: en el acceso y condiciones en el mercado laboral, en los modos de vivir las relaciones sexuales y afectivas, en nuestro ocio, también en nuestra militancia. Hasta en nuestra forma de pasear la calle, de experimentar el espacio público y privado, en la “actitud”, que muchas nos esmeramos en deconstruir, aunque no siempre con éxito. Con más contradicciones y conflictos que sonrisas.
La violencia de género es un problema político de primer orden, y ese paso, de ser abordado como un asunto personal, de pareja, del ámbito privado, al ámbito público, ha costado décadas de luchas de los movimientos feministas y sus aliados, de las feministas que han intervenido en los poderes públicos. “Lo personal es político” continua sintetizando y atravesando buena parte de las reivindicaciones feministas actuales. Sin embargo, esa consideración de la violencia patriarcal como problema político y colectivo, de las mujeres y de la sociedad estructurada sobre la base de multiplicidad de “desigualdades” (de género, de clase, étnica, generacional...), enfrenta hoy distintas tensiones que dificultan su superación. Por citar solo algunas de ellas:
Hay un discurso público “normalizado” de rechazo de la violencia de género, si bien es cierto, que convive con discursos de la élite y populares coincidentes, que aún justifican, sirviendo de caldo de cultivo, unos más evidentes y abiertos, otros, la mayoría, más sutiles. Estos últimos no ocupan titulares de periódicos y no por ello son menos efectivos. Esta deslegitimación “pública” de la violencia de género, contrasta con un aumento de la presencia de la violencia en sus diferentes manifestaciones, como forma de relación en nuestra sociedad, como escena presente, ficticia o real, pero presente.
Se normaliza una consideración parcial de aquello que comprende la violencia de género. Hay acuerdo en el rechazo “público” a las formas más brutales de la violencia de género, sin embargo, se continua limitando su ámbito al de la pareja, invisibilizando otras formas de violencia de género, digamos por ejemplo el acoso sexual, este mismo en el ámbito laboral, la violencia simbólica o la obligación a ejercer la maternidad contra nuestra voluntad, que implican las restricciones que el PP ha planteado en cuanto a la interrupción voluntaria del embarazo. ¿Acaso no es violencia obligar a ser madre a una mujer que no ha decidido serlo? Esa violencia no solo se invisibiliza, sino que se ejerce, legalmente, por parte del Estado, estigmatizando y negando el ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos, personales e intransferibles, a las mujeres.
El conjunto de poderes públicos, unánimemente acuerdan “luchar contra la violencia de género, en tanto que lacra social” que diría cualquiera de las mociones aprobadas en los ayuntamientos en estos días que rondan el 25 de noviembre. Ese acuerdo unánime no tiene su justo traslado en forma de políticas y acciones concretas y efectivas. Si la violencia de género es “una de las mayores lacras de nuestra sociedad”, ¿por qué no es una prioridad política y presupuestaria? No es una prioridad presupuestaria, porque no es una prioridad: así de sencillo. Porque no es una prioridad, se han recortado en todos los niveles de la administración los presupuestos destinados para 2013 a la construcción de condiciones de vida igualitarias entre hombres y mujeres. Por ello se ha recortado un 15,67% de los presupuestos para la igualdad del gobierno central, representando con respecto al presupuesto consolidado un ridículo 0,0108%. Porque no es una prioridad, y porque en el fondo, muchos siguen pensando(actuando) que la violencia patriarcal responde a casos particulares y no a un problema social, colectivo, que se llama patriarcado.
El discurso de la igualdad se ha hecho institucional. Mejor dicho, los feminismos y sus activistas han conseguido que los presupuestos de la igualdad sean incorporados en la agenda política, en todas las declaraciones mundiales, locales, regionales. Son sin duda, objetivos de la década, del siglo y del milenio. Sin duda una conquista que lleva a sus espaldas años de luchas. Sin embargo, del dicho al hecho...ya se sabe. Frente al discurso de la igualdad institucionalizado, nos topamos con la realidad de la desigualdad. Y ahí andamos, “entre el techo de cristal y el suelo pegajoso”.
Saskia Sassen, socióloga norteamericana sostenía la tesis de la “feminización de la supervivencia” en su análisis sobre la globalización neoliberal y el impacto de esta en las mujeres. Su análisis es demoledor y nos es útil para entender cómo las políticas neoliberales perpetúan el papel subalterno de las mujeres, cuando provocan la situación actual de exclusión y desempleo y desmantelan los servicios públicos que cubren las necesidades sociales (la sanidad, la educación, los servicios sociales...), haciendo recaer con mayor peso, sobre estas, el trabajo de cuidados, invisible, no remunerado, que habría de estar socializado. Algunas compañeras hablan de la Revolución del Tupper, que con toda su carga simbólica, sitúa con extrema claridad, el rol central que adquiere la mujer trabajadora en el sostenimiento de las redes sociales y familiares en una situación económica y social de empobrecimiento masivo y de abandono por parte de los poderes públicos de aquel viejo principio de proveer de felicidad a lxs miembros de la comunidad.
La privatización o eliminación de los servicios de apoyo a las mujeres que sufren violencia, la situación económica que viven la mayoría de las personas y que opera como impedimento en la autonomía y libertad en la toma de decisión sobre el divorcio o la denuncia de violencia, o la nueva regulación de las tasas judiciales, que impedirá que las mujeres con menos recursos, la mayoría, se decidan a denunciar la violencia, son las acciones políticas concretas que se están desarrollando por parte del gobierno central, en connivencia con los mandatos de la Troika. Eso sí, han puesto en marcha una campaña de sensibilización, con su spot, sus famosos y todo.
Cierro esta breve reflexión, sobre el decir y el hacer, con tres pinceladas de la última medida de las tasas judiciales, porque violenta el principio de justicia universal, acentuando la existencia de una justicia para lxs pobres y otra para lxs ricos. Justicia, para la que pueda pagársela. El establecimiento de estas tasas vendrá a agravar la desigualdad entre las propias mujeres, entre las que puedan permitirse costearse la justicia y las que no. Los divorcios se pagarán a partir de 300 euros más el 0,5% de lo que se solicite. Si hay recurso posterior, lo cuál es bastante habitual, se pagará a partir de 800 euros. También se pagará si se recurre el régimen de custodia o cualquier otra medida. Que duda cabe que estas tasas judiciales actuarán de elemento disuasorio para que las mujeres denuncien situaciones de violencia. Mientras tanto, desde el gobierno continuarán diciéndonos a las mujeres que denunciemos, que no tengamos miedo.

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