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martes, 14 de julio de 2015

Algunas notas sobre la primera asamblea de Ahora en Común en Málaga

Luis Felip
Doctor en Filosofía, del PCA y responsable del Área Interna de IULV-CA de Málaga ciudad
Ayer desde las seis de la tarde se celebró la primera asamblea de Ahora en Común en Málaga, en el local que comparten Equo y Podemos en Málaga Oeste. El aire acondicionado no daba más de sí, pero las más de ciento cincuenta personas que allí nos agolpábamos podíamos con todo. No veíamos una asamblea tan potente desde hacía un año. Y esto no es nada, comparado con lo que puede ser la asamblea que va a tener lugar el 25 de julio y que va a ser convocada de manera simultánea con asambleas por todo el Estado. Si se trabaja bien, es posible que nos encontremos con un fenómeno en lo electoral equiparable a las Marchas de la Dignidad. Estoy convencido de que esta vez nadie, por fobias o egos, va a empeñarse en negar la autenticidad de este acontecimiento.
Las intervenciones causaban muy buena sensación. Se apuntaba a lo positivo. No se quería polemizar contra nadie, ni se crearon debates falsos que sólo podrían generar divisiones. Se habló menos de qué somos y más de qué íbamos a hacer. No se habló de dejar fuera a las organizaciones, pero sí de desbordarlas a través del poder popular, de la participación abierta y de la extensión territorial a los barrios y a los municipios, cuestiones que deben ser prioritarias de aquí en adelante. Se habló de programas: de lo fácil que era reconocer las prioridades de la gente, los problemas reales que tenemos (el TTIP o la Ley Mordaza, entre los más evidentes), de lo sencillo que es tener un programa común de mínimos a partir de los programas electorales que están hechos, y empezar a construir desde ahí de manera participativa desde abajo. Y lo más importante, se habló con amabilidad y sin reproches. Y se habló de no reeditar errores del pasado.
Cierro la parte de la crónica, porque no pretendía hacer un acta de los acuerdos. El que se hizo cargo de la misma ya nos la hará llegar. A día de hoy, en Ahora en Común queda pendiente concretar las prioridades, que en un primer contacto deberían ser dos: aterrizar la propuesta al territorio, y hacerlo con horizontalidad.
1. La síntesis territorial
La naturaleza de unos comicios generales abre posibilidades reales de cambio que no nos imaginaríamos a priori. En las elecciones municipales teorizábamos que el municipio es la administración más cercana, y recordábamos que en este país de “meras” elecciones municipales habían nacido grandes transformaciones sociales y políticas. Pero no olvidemos que llevamos todo un ciclo electoral donde lo general está sublimándose en todas las contiendas particulares. Todo lo que se mueve está condicionado por el escenario político general. Las generales son el conflicto principal (en lo electoral), y la gente le tiene ganas. Pero aparte de ello, la naturaleza de un proyecto horizontal como Ahora en Común, junto con la oleada de indignación social que bulle por todas partes, está haciendo posible romper con un mito: el mito de que lo general es más lejano y menos participativo que lo local.
La federalidad del proyecto de Ahora en Común, su referencia en un marco común en el conjunto del Estado, abre enormes posibilidades. Porque por una parte se superan las tendencias centrípetas y cantonalistas que siempre subyacían en mayor o menor medida como una tentación de las candidaturas municipalistas (el refugio en el municipio como lugar de “autonomía”, algo irreal en el marco del Estado español, donde el municipio se halla condicionado por las diputaciones, las comunidades autónomas y el gobierno central). Por otra parte, la unidad en la diversidad garantiza que la alternativa federalista no se consigue por la vía del centralismo jacobino, que es la tentación opuesta que subyace también, inevitablemente, en aquellas estrategias orientadas al asalto electoral del Congreso de los Diputados…
La circunscripción es provincial, y la organización de Ahora en Común en Málaga debe ser provincial, abarcando más allá de las inercias de la capital. Eso significa algo que resulta trascendental en el marco de la izquierda: debemos trabajar la síntesis territorial entre la capital, las grandes ciudades y los pequeños municipios de la provincia. Eso es algo que en Izquierda Unida no habíamos conseguido hasta ahora, especialmente por carecer de un perfil y de un discurso atractivo, orientado al votante urbano. El espejo en el que nos miramos, las candidaturas unitarias municipales  de Madrid, Barcelona o Zaragoza, nos ha marcado el camino de la alternativa en las grandes ciudades donde el voto es más volátil y el perfil es más “urbano”. Pero ahora el reto está en la capacidad para superar las dinámicas entre grandes municipios y provincia.
Esta es la pata que faltó en otros procesos unitarios (como fue, desgraciadamente, el caso en Ganemos Málaga). Pero en Madrid o Barcelona, las candidaturas de Unidad Popular supieron canalizar muy pronto la ilusión hacia los barrios populares, sacando las asambleas programáticas a los barrios y construyendo espacios  de empoderamiento que tuvieron una gran acogida.  Ahora hay que darle una vuelta: y del “ahora a los barrios” que nos decíamos en las horas finales del 15M debemos pasar a un “ahora a los municipios”, algo que inaugura algo que no habíamos visto hasta estas elecciones generales: una perspectiva provincial en el sujeto del cambio, una articulación provincial de los procesos de Unidad Popular, que a su vez se inserta en un marco federal.
2. La construcción de poder popular
En el plano electoral, estamos ante un momento histórico de vértigo. Es totalmente cierto que la dialéctica viejo-nuevo se impone en muchos casos sobre dialécticas más clásicas como izquierda-derecha. Pero oponer ambas es un error de bulto (el error que, si nada lo remedia, va a cometer Podemos). No porque prime la izquierda como algo viejo e inmutable a todo. Sino porque en este momento que vivimos, se deja de ser nuevo muy pronto. Pero ¿no es eso lo más viejo del mundo? Por lo menos desde Heráclito, la mitad de la historia de la filosofía ha sido la afirmación de esta evidencia dialéctica (y la otra mitad, su negación).
Es cierto que en muchos aspectos los izquierdistas tendemos a ser muy críticos con las novedades; nos desmadramos en tanto que “intelectuales orgánicos de nuestra clase” y se nos pega de los clásicos esa sospecha filosófica respecto de toda “moda” o todo imperativo ideológico hegemónico. Pero al cabo, si en algo somos vieja izquierda, tan vieja como Heráclito, es en que tenemos la capacidad para poner nuestros deseos de cambio en un punto del porvenir, y en movernos permanentemente hacia ese punto.
Que a cada convocatoria electoral surja un nuevo “sujeto del cambio” es enloquecedor. Pero es un reflejo de que la gente está pidiendo mucho más de lo que se les está ofreciendo. Que hay un empuje social que fuerza a la transformación de las estructuras organizativas y de las instituciones. Ante ese empuje, lo que ayer era nuevo corre el riesgo de envejecer muy pronto, ante todo porque entre lo electoral y lo social hay una contradicción permanente que es la seña de identidad de estos tiempos turbulentos (y algo de esto saben los compañeros en Grecia). Lo que demanda la gente es fidelidad a ese empuje. Y ese empuje que también es muy viejo, tan viejo como el primer revolucionario de la historia, se llama poder popular. Y si nunca lo habíamos practicado hasta ahora, es un buen momento para ponerse a aprender.
14 de julio de 2015